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Anatomía de Negocio
AlimentaciónEspaña

Qué pasó con Pescanova: la deuda escondida en facturas falsas

Abre el congelador. Es posible que ahí dentro haya unas varitas de merluza o unos langostinos de Pescanova, una de esas marcas que llevan medio siglo en las casas de este país. Pues esa empresa escondió durante años una deuda de 3.281 millones de euros que no aparecía en ninguna cuenta oficial. Y lo hizo sin fórmulas raras de Wall Street: con algo tan simple y tan aburrido como una factura.

24 de septiembre de 20268 min de lectura7 fuentes

Una marca que era de la familia

Vigo, 1960. José Fernández López mira los barcos del puerto y se hace una pregunta muy simple: ¿por qué el pescado llega viejo a Madrid? La solución que se le ocurre sonaba a locura en su época: congelarlo en el propio barco, en alta mar, recién pescado. En menos de dos horas.

Aquello cambió la forma de comer de todo un país. De repente el mar cabía en la cocina de cualquiera, y la marca se volvió parte de la familia: estaba en los anuncios, en la cena de Navidad y en la infancia de mucha gente. Rodolfo Langostino incluido.

En 1980 toma el mando el hijo del fundador, Manuel Fernández de Sousa. Toda esta historia gira alrededor de él. Sousa no se conforma con una empresa gallega: quiere un imperio. Abre operaciones en Namibia, Chile, Argentina y Australia, y en 1985 saca la compañía a bolsa.

Luego da el paso que lo cambia todo. Si perseguir peces por medio mundo es caro, ¿por qué no criarlos? Granjas de langostino en Ecuador y Nicaragua, salmón en Chile, rodaballo en Galicia y Portugal. La idea es controlar todo el proceso, desde el huevo hasta tu horno.

Y durante años funciona. O eso parece. En 2011 la empresa factura 1.670 millones de euros, y en 2012 el Ministerio de Industria le entrega a Sousa un premio a toda su trayectoria. Fotos, aplausos, discursos.

El presidente vende, en silencio

Unas semanas después de recoger ese premio, en diciembre de 2012, el presidente empieza a vender. Nadie lo sabe todavía, pero la cuenta atrás ya ha empezado.

Sousa vende un pequeño paquete de acciones. Al día siguiente, otro. Y otro más. Cuarenta y seis operaciones en tres meses, todas pequeñas, todas discretas: en total, 31,5 millones de euros. Y ni una sola comunicada al supervisor del mercado, como exige la ley cuando un presidente vende acciones de su propia empresa.

El 28 de febrero de 2013 llega el comunicado que lo destapa todo: Pescanova admite que no puede presentar sus cuentas anuales. Una empresa cotizada, con cincuenta años de historia, reconociendo que no sabe cuánto debe ni cómo va a pagarlo.

A partir de ahí todo va muy rápido. La acción se hunde. La CNMV suspende la cotización y empieza a hacer preguntas, y cada respuesta que llega de Vigo es peor que la anterior. En abril, el consejo pide el concurso de acreedores y, ese mismo día, despide al auditor que llevaba años firmando sus cuentas. Diez días después, Pescanova entra en concurso: uno de los tres mayores de la historia de España.

La onda expansiva cruza el Atlántico. El 2 de mayo, un juzgado de Santiago de Chile declara la quiebra de Pesca Chile, la filial chilena, a petición de uno de sus bancos. Cientos de familias se quedan sin trabajo por decisiones tomadas a diez mil kilómetros de sus barcos.

Un negocio que se bebe la caja

La pregunta que se hizo todo el mundo es la misma: ¿cómo se esconde una deuda de más de 3.000 millones de euros? La mecánica es sorprendentemente simple, pero para entenderla hay que olvidarse un momento del beneficio.

Para saber si una empresa está sana de verdad hay que mirar el dinero que entra y sale cada día. En las cuentas se llama circulante: el dinero que vive atrapado entre lo que ya has pagado a tus proveedores y lo que todavía no has cobrado de tus clientes. No sale en los titulares, pero es el oxígeno del negocio.

Y Pescanova había elegido un negocio que respira mal. Un langostino tarda meses en crecer. Un salmón, años, comiendo pienso carísimo todos los días. Pagas hoy y cobras dentro de mucho tiempo. Cuanto más crecía la empresa, más dinero necesitaba solo para funcionar.

Hasta aquí, nada ilegal: un negocio que consume muchísima caja, sin más. El problema es que los bancos empezaban a ponerse nerviosos con tanta deuda. Y en algún momento, en la sede de Pescanova, alguien tomó la decisión que lo cambia todo.

El truco de la factura que no existe

Existe una herramienta bancaria de toda la vida que se llama descuento comercial. Tienes una factura pendiente de cobro, se la enseñas al banco y el banco te adelanta ese dinero. Es como pedir un anticipo enseñando tu nómina. Perfectamente legal y razonable, siempre que la factura sea de verdad.

En Pescanova las empezaron a fabricar. Facturas por ventas que no existían, llevadas al banco a descontar. El truco tiene hasta nombre en el mundillo: papel pelota. No lo inventaron ellos, es viejísimo. Lo que hicieron fue llevarlo a escala industrial.

¿Y a quién le vendía Pescanova en esas facturas falsas? A sociedades pantalla creadas por ellos mismos. La empresa se vendía pescado a sí misma, sobre el papel. Cada factura falsa era dinero de verdad entrando por la puerta y deuda de verdad que no aparecía en las cuentas del grupo.

Había una segunda capa, por si la primera fallaba: filiales llenas de deuda que directamente se dejaban fuera de las cuentas consolidadas. Lo que no se suma, no existe. Y el toque final fue repartir todo ese riesgo entre más de cien bancos distintos. Cada banco veía su trocito y dormía tranquilo. Ninguno tenía la foto completa.

¿Y el auditor, que cobraba precisamente por revisar esto? Firmó las cuentas año tras año. Años después, los tribunales lo absolvieron: vieron descuido, no mala fe.

Cuando el nuevo consejo encargó una auditoría independiente a KPMG, salió por fin la cifra real. Más del doble de la deuda que se le había contado al mercado, y un patrimonio neto en negativo. La empresa de tu congelador no es que valiera poco: valía menos que cero.

1.670 millones €Facturación del grupo en 2011 (cuentas anuales consolidadas de 2011)
31,5 millones €Acciones vendidas por el presidente en 46 operaciones en tres meses, sin comunicarlas
3.281 millones €Deuda financiera real, más del doble de la declarada (informe forense de KPMG, 2013)
−927 millones €Patrimonio neto que destapó el mismo informe (KPMG, 2013)

Tres finales para una misma empresa

La historia no termina con el concurso. Termina tres veces.

La marca. No murió, ni se resintió. Los bancos acreedores aceptaron perder buena parte de su dinero a cambio de quedarse con el 90 % del negocio, lo rebautizaron como Nueva Pescanova y las varitas no faltaron ni un solo día en el supermercado. El congelador ni se enteró del mayor fraude de la bolsa española.

El dueño. Hoy Pescanova pertenece casi entera a un banco. Abanca tiene el 98,5 %, acumula más de 500 millones de pérdidas con esta aventura y lleva años buscando un comprador que no aparece.

El envoltorio. La Pescanova original, la del fraude, la que se quedó sin nada, sigue cotizando en bolsa. Es una empresa vacía cuyo principal activo vale unos 380.000 euros, menos que un piso en Vigo. Y aun así, cada vez que suena un rumor de venta, la cotización se dispara, porque siempre hay alguien dispuesto a comprar. Trece años después, el mercado sigue poniéndole precio a la caja vacía.

¿Y Sousa? Seis años de condena firme. En 2023 entró en prisión.

Lo más irónico es que el fraude arruinó a sus accionistas y no vació ni un solo congelador. Para algo así no hace falta un genio del mal: basta un truco viejo, mucha presión por crecer y un rincón de las cuentas donde nadie mira.

  1. 1960En Vigo, José Fernández López empieza a congelar el pescado a bordo, recién pescado
  2. 1980Su hijo, Manuel Fernández de Sousa, toma el mando de la empresa
  3. 1985Pescanova sale a bolsa
  4. 2012El Ministerio de Industria premia la trayectoria de Sousa; en diciembre empieza a vender acciones
  5. 28 de febrero de 2013Pescanova admite que no puede presentar sus cuentas anuales
  6. Abril de 2013El consejo pide concurso de acreedores y despide al auditor; diez días después, concurso
  7. 2 de mayo de 2013Un juzgado de Santiago de Chile declara la quiebra de Pesca Chile
  8. 2023Sousa entra en prisión para cumplir una condena firme de seis años

Las señales

  • Crecer sin parar y pedir dinero sin parar. Si una empresa presume de crecer y a la vez necesita financiación nueva constantemente, toca la pregunta incómoda: ¿por qué un negocio tan bueno necesita que le presten tanto?
  • Un negocio que se come la caja. Langostinos que tardan meses y salmones que tardan años: se paga hoy y se cobra mucho después. En un modelo así, el circulante dice más que el beneficio, que se puede maquillar durante años.
  • Deuda repartida entre más de cien bancos. Tantos acreedores pequeños significan que nadie ve la foto completa. Cuanto más troceada está la deuda, más difícil es que alguien sume.
  • Lo que queda fuera de las cuentas consolidadas. Filiales con deuda que no se suman al grupo y clientes que resultan ser sociedades de la propia casa. Saber quién compra y qué entra en el perímetro importa tanto como la cifra de ventas.

Fuentes

  • Sentencia SAN 2351/2020 — Audiencia Nacional, vía CENDOJ, 2020
  • Sentencia STS 441/2023 — Tribunal Supremo, vía CENDOJ, 2023
  • Hechos relevantes de Pescanova, S.A. — CNMV, 2013
  • Hechos relevantes de Pescanova, S.A. — CNMV, 2026
  • Cuentas anuales consolidadas de 2011 — Pescanova, S.A.
  • Informe forense de KPMG — vía elEconomista y Expansión, 2013
  • «El caso de Pescanova» — Amat, Mercader y Crespo (UPF), Revista de Contabilidad y Dirección, n.º 16

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